La lectura comprensiva no siempre tiene que terminar en un cuestionario de preguntas y respuestas. A veces, la mejor forma de saber si un alumno ha comprendido realmente lo que ha leído es pidiéndole que traslade las palabras a imágenes. La poesía, con su rica carga de metáforas y descripciones sensoriales, es la herramienta perfecta para este ejercicio de visualización.
Cuando un niño lee un poema con el objetivo de dibujarlo, su atención se detiene en los adjetivos, los colores y las formas. No basta con una lectura superficial; el alumno debe identificar si el río es de fuego o de cristal, si el gigante lleva un sombrero de luz o si el suelo es un tablero de ajedrez. Esta traducción del lenguaje escrito al lenguaje visual fomenta una conexión neuronal profunda y convierte la lectura en una experiencia activa y creativa.







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